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Me llamo Iluminada Armas Rodríguez y nací en 1984, después de que una naranja les animara a gritar gol a escala mundial, seis años más tarde de la aprobación de la constitución sobre la que sólo olvidaron preguntar a los que aun no habíamos llegado, tras la guerra y la dictadura, tras la etapa candente de la Transición, tras el primer desnudo integral...

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    Voces críticas

    Hace unas semanas saltaba a la televisión una noticia protagonizada por un imán de Arabia Saudí. Se hacía eco de un programa de la televisión libanesa en el que había explicado cómo El Corán, Libro Sagrado del Islam, permite pegar a la mujer en determinados casos y las reglas que han de observarse para hacerlo conforme a lo dictado. Más que voces críticas, lo que se oyó en la calle fueron comentarios escandalizados pero de resignación, aceptando sin más que si eso es lo que nos llega, es porque en realidad son así. Pero ¿quiénes, realmente, son así?

    Parece normal, teniendo en cuenta la sociedad en la que vivimos, que a ninguno de estos comentaristas le surja dudas al ver algo así. Se trata de una cultura distinta, una religión desconocida, no tenemos tiempo suficiente para pararnos a pensar e investigar, para cuestionarnos qué habrá detrás del dato ofrecido. De esta manera lo aceptamos como cierto, lo generalizamos a todo el conjunto de musulmanes y pasamos a la página en la que abrimos el recibo de la hipoteca o la letra del coche. Pero si levantamos algo la cabeza veremos que en nuestra vida cotidiana cada vez compartimos más espacios con gente que puede ser de esta religión ¿no convendría, ya que estamos viviendo con ellos, prestarles algo más de atención que quedarnos con lo que se nos da? Al menos, porque si son tan peligrosos como dicen, deberemos saber cómo protegernos. Pero dejemos la ironía a un lado.

    Por otra parte, a los que conocen un poco más dicha religión, que incluso conocen a algún creyente, que han vivido en alguno de los países con mayoría musulmana o que simplemente han leído de diversas fuentes, les queda un pozo de incomprensión que les lleva a querer acercarse más al asunto para esclarecer en algo sus dudas. No se trata de intentar justificarlo. Parten de la falta de concordancia entre lo que conocen y lo que han visto por la tele.

    El mundo es un pañuelo pero a la vez infinitamente gigante. Esto es, del mismo modo que no existe un solo Cristianismo sería ingenuo creer que solo existe una forma Islam. Ni siquiera en Arabia Saudí, donde el diez por ciento de la población es chií. Por ello, el decir a estas alturas que esta manera de interpretar El Corán es propia de un sector determinado de musulmanes y que la mayoría de los que profesan esta fe no la comparten puede antojarse una obviedad.

    La propia Chica de Qatif, como se ha apodado a la protagonista del último escándalo llegado desde Arabia Saudí, es chií y, según saudíes activistas de derecho humanos –porque los hay- y miembros de esa comunidad, este fue un dato tenido en cuenta para la imposición de la pena: doscientos latigazos y seis meses de cárcel por haber estado en compañía de un hombre al que no le unía relación de parentesco en el momento en el que unos individuos se abalanzaron sobre ella y la violaron.

    Si bien las declaraciones de un radical han de ser contextualizadas para no crear alarma y falsas generalizaciones que dañen la imagen de los millones de musulmanes del planeta, permanecer en silencio ante la inminente ejecución de esta pena sería ejercer un ruin paternalismo en el que no debe caer Occidente, por mucha corrupción en Oriente Medio que nos ensucie las manos. Se trata de defender los derechos humanos, ni más ni menos. Cada cultura debe ser libre para mantener sus conceptos de mujer, hombre o familia, y para cambiarlos cuando lo consideren necesario, y lo correcto sería que éstos fueran respetados por las otras culturas. Pero de la misma manera ha de exigirse el respeto hacia los derechos humanos incluso si desde una interpretación de la Ley Divina se intenta vulnerarlos.

    La religión es, entre otras cosas, una manera de expresión social y en una sociedad cambiante, como la saudí en la que cada vez surgen más voces críticas, es de esperar que estos cambios lleguen a reflejarse en todas sus manifestaciones. La propia abogada iraní Nasrin Sotudeh, defensora de varias mujeres de su país dónde se aplica una Sharia parecida en cuanto a vulneración de derechos humanos, estima que la única solución es “cambiar el lugar de la mujer en la ley islámica”. Esa Ley llega a considerar en ciertos países que la vida de la mujer vale la mitad que la de un hombre y en consecuencia la discrimina en las herencias, los seguros o las indemnizaciones.

    Que Arabia Saudí no es un país ejemplar en el ámbito de los derechos humanos no se le escapa a nadie. Pero tampoco representa, por mucho que a su familia real le pese, el modelo de país musulmán ni mucho menos el prototipo de estado para la “gran nación árabe” del mismo modo que no todos los alemanes disfrutan de las salchichas y la cerveza o los españoles vamos a los toros. Tampoco se desconoce que sea aliado de la mayor potencia mundial y que por ello se le conceda inmunidad en ciertos aspectos. Los medios confunden y los políticos manipulan (y viceversa) pero no se deben echar balones fuera y olvidar desarrollar una conciencia crítica al respecto. Aunque la Sharia sea diferente en cada país que la observe y aunque se mantegan diferencias religiosas dentro de la misma fe, siempre resulta sano hacer un ejercicio de crítica hacia las violaciones de derechos humanos que se hacen en el falso nombre de una religión.


    Así las cosas, debemos escuchar y animar a los que luchan desde allí, a los que a pesar de la represión que les rodea levantan su voz de denuncia y confían pacientemente, para que esa fuerza no se agote o se pierda en la noche del olvido. En un mundo cada vez más “mezclado”, nos va la vida en ello.

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